¿Qué podemos aprender de los alumnos marginalizados que sacaron mejores notas que todo Lima?

¿Qué podemos aprender de los alumnos marginalizados que sacaron mejores notas que todo Lima?

Villa Esperanza es un barrio marginal de calles sin pavimentar y edificaciones de escasa altura con techos de hojalata — un lugar donde un niño parecería enfrentar escasas perspectivas. La mayoría de los adultos de este poblado en las afueras de Lima trabajan vendiendo productos en la calle o en otros empleos de bajo pago. Hay mucho analfabetismo y los problemas sociales, que van desde las pandillas hasta altos niveles de alcoholismo, enfermedades y violencia doméstica, podrían poner fin a las esperanzas de cualquiera por mucho talento y empeño que tenga.

Sin embargo, en 2011, el segundo grado de una escuela católica de Villa Esperanza superó a todas las escuelas privadas y públicas de Lima en el examen nacional de matemáticas. Desde entonces el colegio se mantiene en el 3% superior de la escala nacional, y actualmente al menos el 50% de sus graduados continúan a la universidad y de ahí a empleos profesionales como ingeniería y administración de empresas.

Un ejemplo a seguir en educación

La historia del colegio Fe y Alegría Nº 58, Mary Ward, podría servir como ejemplo en una región donde, a pesar de grandes aumentos en el gasto en educación, los resultados a menudo siguen siendo de segunda categoría. Los alumnos de América Latina y el Caribe se ubican en la mitad inferior de los 72 países que compitieron en matemáticas, lectura y ciencias en la última edición del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA). Cuanto más pobres, peor les suele ir. Las brechas de la región en desarrollo de habilidades entre ricos y pobres son mucho mayores que en el mundo desarrollado.

La escuela de Villa Esperanza, sin embargo, se destaca a lo ancho de su currículo, que va desde el preescolar hasta la educación secundaria. Tiene un cuerpo docente especializado, un enfoque educativo basado en el aprendizaje práctico y un buen nivel tecnológico. Además, cuenta con un generoso sistema de apoyo para alumnos y padres que incluye consultas psicológicas y talleres para los padres con el fin de que aprendan a formar y disciplinar mejor a sus hijos.

Es clave que los profesores también sigan formándose

La historia de su éxito comienza en 2002, cuando la Hermana Patricia McLaughlin, una monja y profesora irlandesa, atendió los clamores de las madres locales por una mejor educación para sus hijos dando inicio al currículo con tres clases. La Hermana McLaughlin entendió que la clave de un buen colegio eran sus profesores. Por lo tanto, pidió a los postulantes a los puestos de profesor que dieran una clase para ver cómo conectaban con los alumnos antes de contratarlos y, una vez contratados, insistió en que asistieran a todas las sesiones de capacitación ofrecidas por el gobierno y la oficina principal de Fe y Alegría en Perú. También emparejó a profesores noveles con otros más experimentados como parte de un programa de tutoría.

La lectura era esencial. La Hermana McLaughlin creó un programa en el que los alumnos recibían pulseras especiales cuando leían un cierto número de libros y eran felicitados en ceremonias públicas. Como resultado, muchos alumnos devoraban libros, y algunos leían hasta dos por semana.

Entretanto, gran parte de las clases de matemáticas se basaba en el aprendizaje práctico. Básicamente, los niños aprendían conceptos difíciles relacionándolos con su vida cotidiana, ya fuera para hacer compras en el mercado local o para construir una vivienda. A medida que el colegio creció a 30 aulas y 1000 alumnos —con generosas donaciones de empresas peruanas y de extranjeros impresionados con la calidad de la escuela— también adquirió un laboratorio informático. Eso, a su vez, generó una estrecha coordinación en los ámbitos de aprendizaje que necesitaban apoyo adicional entre los profesores de matemáticas y lectura por un lado y el profesor del laboratorio por otro lado.

Apoyo dentro y fuera del aula

En América Latina y el Caribe, los niños sufren desproporcionadamente de duros castigos corporales, un problema asociado con una gama de problemas de salud mental que incluye la agresión y la depresión. Hasta hace poco, la escuela en Villa Esperanza no era una excepción. Con el alcoholismo a la orden del día y los padres convencidos del valor de los castigos duros, muchos alumnos con frecuencia enfrentaban palizas en casa. Por eso el colegio empezó a ofrecer asesoría psicológica a las familias. Hay un día anual de capacitación para los padres y se crearon talleres sobre diversos temas que van de cómo disciplinar a los hijos con afecto a cómo gestionar problemas modernos como el uso excesivo de Internet. Todas estas medidas marcaron una diferencia y, según los responsables del colegio, el abuso infantil ha caído.

Sin embargo, quizá el secreto más grande de su éxito es cómo la escuela alimenta la esperanza y el sentimiento de que todo es posible. En una ciudad donde prácticamente ningún padre ha ido a la universidad o ha tenido un empleo profesional, los profesores llevan a los alumnos a ferias de empleo en Lima donde pueden ver las oportunidades que les esperan si trabajan duro. También reciben a alumnos graduados que vuelven y hablan acerca de sus experiencias en el mundo profesional.

Desde luego, es difícil saber con precisión cuál ha sido el secreto del éxito del colegio. Pero, sin duda, es un caso que demuestra que hasta los niños más pobres pueden sobresalir en un entorno de recursos limitados. En una región donde la educación es desigual e incluso los más privilegiados tienen malos resultados en comparación con el mundo desarrollado, el colegio de la Hermana McLaughlin enseña una lección que trasciende las fronteras de Villa Esperanza.

Fuente:IDB

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